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viernes, 2 de agosto de 2013

De Generaciones


—Y a los niños les da por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra.


Hace no mucho tiempo, con lo que fue la tan sonada generación de mi generación, la que llamaron equis, vino una tendencia muy fuerte que fue adoptada por todos los adolescentes y los veinteañeros de entonces y consistía en vivir al extremo, con ella se mostraba que todo era posible, y que la vida que vivíamos en esos tiempos era mucho más valiosa que la que se vivió en los anteriores. Esto es muy fácil de ver si nos enfocamos, por ejemplo, en cómo vivieron nuestros padres durante los años sesenta, donde la mejor forma de vivir era mantenerse en su zona de confort rodeados de sus amigos cercanos y pasándola muy chévere drogándose y reproduciéndose como si esa fuera la verdadera naturaleza del ser humano, y no, la de la competencia. Podemos ver, durante los años setenta, que la mejor forma de vivir ya estaba en esas granjas gigantescas donde se vivía el amor libre, en cambio, la manera más digna de desenvolverse como ser humano era bailando, dando largas caminatas nocturnas de una fiesta a otra en busca de diversión y compañía. No voy a hablar de la generación de los ochenta, porque estaban tan confundidos que no sabían si lo mejor era morir joven como Morrison (el más excelente de todos los hombres) y ese mítico club de los veintisiete, o vivir vistiendo ropas a lo punk y en batallas de fines de semana organizadas por las bandas locales. En fin, una vez entrados los noventa, los jóvenes nos volvimos más valientes (los más valientes de todos los tiempos) porque comenzamos a practicar los deportes extremos.

Yo sé que hay muchos hombrecillos pusilánimes allá afuera (de esos que no hacen revoluciones pacíficas) que me dirán que no es cierto que la generación equis ("la generación del valor", como la llamo yo) es la más valiente de todos los tiempos. Pero yo les voy a decir que están mal, si me lo preguntan, si no, bastará con mostrarles que las imágenes que la Historia ha tratado de vendernos como la de hombres valientes (ya saben: Aquiles, Héctor, Odiseo, Cristobal Colón, o El "Pípila") no son más que construcciones hechas desde la visión de los vencedores para justificar el más vergonzoso de todos los actos del ser humano: la guerra. Que no se malinterpreten mis palabras, no digo que esas figuras no sean valientes porque sean guerreros, digo que esos hombres no son valientes porque servían al deber; es decir, eran valientes porque no tenían elección. Ahora que si quisiera decir que no son valientes porque son guerreros, bueno, solo bastará con señalar que los soldados (con todas los abusos cobardes que cometen durante la guerra), no son valientes porque a la guerra va uno a morir, y eso se llama suicidio, no valentía. En el caso de los héroes griegos, tenían nublada (por falta de lucidez, obviamente) su visión acerca del mundo, y estaban convencidos de que el Destino, les había cerrado todas las puertas y solo había un modo de seguir adelante, como si ellos no gozaran ya desde entones de la parte verdaderamente fundamental de la naturaleza humana: la libertad. Lo mismo sucedía con los héroes que vinieron después, siendo la mayoría de ellos, héroes por haberse comprometido con su patria o con su trabajo (como es el caso de los mal llamados "valientes" navegantes que exploraban el Ártico, por ejemplo), el valor no existe cuando la libertad se ve limitada por las normas sociales o los deberes políticos. Ya sé que hay gente que dirá que no hay nada más valiente que luchar por tu patria, defender con la vida misma (de ser necesario) la libertad de un pueblo en contra de la tiranía del dictador. Pero a todos los que estén confundidos con esa falsa noción de valor, déjenme decirles que se han comido la píldora azul de Morpheus, y creen que la guerra es honorable, a pesar de ser allí el lugar donde se cometen más violaciones a los derechos humanos. Dejando claro este punto al arrojado grupo de partidarios (errados) de la injusticia (deberían avergonzarse), no me queda más que hablar acerca de lo loable que tienen ese incontable número de valientes hombres de mi generación que se atrevió a salir de su zona de confort y practicar su libertad, en forma de deporte extremo.

Hay un montón de hombres (y mujeres, porque ellas también viven allí) que desperdician su vida aferrándose de su zona de confort, en la cual viven el cansado día a día despreciando (por temor) el gran regalo que nuestra madre Naturaleza nos ha brindado con mucho amor: el regalo de elegir ser libres y demostrarlo (porque si no qué chiste tiene, ¿no?) al practicar una de las actividades más honorables que cualquier hombre puede hacer: el deporte extremo. Hay algo despreciable que tiene la zona de confort (ese lugar completamente real donde vive tanta gente sin darse cuenta), algo antinatural, que nos hace despreciarla y aborrecerla a todos los que notamos intuitivamente el modo en el que nos hace esclavos de nuestro miedo a ser libres. Llamo antinatural a esta vergonzosa conducta que tiene la mayoría de los hombres, porque va en contra de la más verdadera naturaleza humana: romper los límites. ¡Así es!, hay que romper los propios límites que el hombre tiene, desde un aspecto físico (como cuando moldeamos nuestro cuerpo a nuestro gusto haciendo ejercicios); territorial (por ejemplo cuando nos mudamos de un departamento a uno más amplio, porque nuestro éxito en el trabajo nos ha dado tantas cosas que ya no cabemos donde vivimos); mental (que sucede si pensamos tan positivamente que las barreras que los demás nos imponen no alcanzan a encerrarnos) ; moral (al romper esos cansados dogmas sociales que no hacen otra cosa más que reprimir nuestros deseos verdaderos, dando por resultado nuestra infelicidad); y espiritual (límites impuestos por los dogmas religiosos, alejándonos del bello modo en el que nuestra madre Naturaleza quiere que vivamos). Todos estos límites se rompen al realizar deportes, solo hace falta ver el gran esfuerzo que realizan las personas con capacidades diferentes para demostrarnos que todo es posible. Con una sola vez que hayamos tenido la fortuna de apreciar una competencia paralímpica, nos será suficiente para convencernos de que hay algo en ellas que es admirable (y digno de ser imitado) por todos nosotros, pues esos atletas están gritándole al mundo que los supuestos límites que los pusilánimes inventan, simplemente no existen.

Ahora bien, retomando el tema que nos ocupa, el deporte extremo es la máxima expresión de la libertad y el valor humano (pues nadie nos obliga a subir a un avión y saltar en paracaídas, ni siquiera la sociedad). En él, podemos ver cómo se rompen los límites impuestos tanto social como naturalmente a los hombres, esto se aprecia en que cada vez son más las mujeres (que en otros tiempos tenían prohibido cosas tan esenciales como el deporte) que se atreven a ser libres, y a volar por los aires como ningún hombre (que no practique el paracaidismo) podrá hacer jamás. Claramente podemos notar la evolución del deporte (pues es natural que todo evolucione), porque no solo se están poniendo a prueba los límites al querer ser más rápido o más fuerte, sino que también se está conquistando un nuevo territorio (el del miedo). Solo basta ver a los que bucean con tiburones para darse cuenta de que el deportista extremo es el más valiente de todos: domina la ferocidad inmensa del mar (cosa que Cristobal Colón jamás hubiera logrado), controla a los tiburones pues estos no se atreven a devorarlo mientras convive con ellos, pero sobre todo rompe la barrera del miedo, pues se atreve a llegar a donde los antiguos jamás habían siquiera soñado con ir (porque se hubiera ahogado antes de conseguirlo). Lo que sucede es que el deportista extremo tiene la gran ventaja de haber nacido en esta época donde el avance tecnológico le permite romper más límites de los que se podía antes (gracias al pobre avance moral que tenían). En tiempos antiguos, a falta de motores como los que tenemos ahora, era imposible practicar el esquí acuático, o correr montado en una motocicleta, o atravesar terrenos peligrosísimos montando una bicicleta. Lo que quiero decir con esto es que como en tiempos antiguos se veía como valiente a quien montaba a un caballo (a pesar de la poca velocidad que estos alcanzan, comparado con una moto por ejemplo), es fácil pensar que el hombre de aquellos ayeres, no estaría dispuesto a correr a la velocidad que corremos ahora, gracias a la tecnología. Tampoco llegaría tan alto al escalar montañas, ni tan profundo en el mar. El problema con los antiguos no era el que carecieran de una tecnología tan eficaz como la nuestra llena de herramientas capaces de protegerlos de caer al vacío al dar un paso en falso al escalar una montaña, o de ser aplastado por la presión del mar; el problema con los antiguos es que no tenían el valor de salir de su zona de confort, tenían miedo de probar sus límites y romperlos, temían sobre todo a ser libres.

Una vez dicho esto, resulta fácil saber que somos mucho más valientes gracias a los avances tecnológicos que tenemos en nuestros días (pues lo demostramos de nuevas maneras), podemos desarrollar nuestro valor plenamente y lanzarnos a demostrar nuestra audacia, brincando a un gran acantilado siendo sujetados solamente por un larguísimo Bungee, o un pesadísimo paracaídas. ¡Así que ya no tenemos pretextos para ser cobardes, salgamos a practicar deportes extremos y a vivir realmente! En nuestros tiempos, los límites te los pones tú, ya que todo es posible.

viernes, 5 de julio de 2013

La verdad del pasto



— ¡Qué pequeña es la luz de los faros de quien sueña con la libertad!



¿A quién no le gusta viajar? Hay un mundo tan grande que esconde tantos secretos allá afuera, lejos de la comodidad y los placeres que trae nuestra ciudad natal, que resultaría un desperdicio (incluso me atrevería a decir que más que desperdicio, sería un insulto a Dios), no salir a dar un paseo de vez en cuando. Es cierto que solo tardó siete días en moldear a su voluntad planeta y que para recorrerlo, nosotros debemos gastar una gran parte de nuestras vidas. Pero viajar nunca hace mal: salir a oler el aire fresco del campo, conocer gente nueva, ¿y por qué no? Acampar bajo las estrellas sin más protección que la que nos ofrece la tela de la tienda de campaña conjugada con la Santísima Providencia.

Vayamos un poco despacio, varias veces me he preguntado, ¿qué cosa nos motiva viajar? Y he tenido varias respuestas, sobresaliendo tres en las cuales sospecho que la mayoría de la gente responderá como yo:

La primera búsqueda (digo primera bajo un criterio meramente arbitrario, no porque sea primera por naturaleza, o primera para el hombre, ¡Mucho menos porque sea Causa Primera!) que trataré en esta entrada, se ve originada en el apartamiento tan inhumano que tenemos de nuestra madre la naturaleza. Esto es muy fácil de notar después de pasar días tras días viendo nada más que el frío y triste concreto gris que de vez en cuando se viste de gala con espejos y cristales tan artificiales como las bolas de helado que les gusta freír a los gringos. Y es que estamos tan acostumbrados a la ciudad que no nos damos cuenta de que Dios quería que viviéramos en la tranquilidad y belleza que esconden las cuevas para que nosotros las descubramos, del mismo modo en que lo hacían nuestros ancestros. Pero la naturaleza es sabia, y ha guardado en unos pequeños cajoncitos  llamados ADN, la información que nos heredaron nuestros antepasados. Es por eso que de vez en cuando nos cansamos de la monotonía de las cuevas artificiales y salimos a viajar, a mover nuestros músculos y a atender al llamado de la naturaleza, acercándonos lo más posible a el plan que Dios tenía en un principio para nosotros.

La segunda razón que se me ocurre (y creo que mucha gente estará de acuerdo conmigo) es que la ciudad es aburrida: algunos de nosotros pasamos el día sentados en una oficina tecleando o realizando tediosas labores repetitivas que no nos llevan a ningún lado. Yo, en lo personal, me he sorprendido en más de una ocasión fantaseando con estar recorriendo largas planicies bajo un cielo que orvalla gentilmente sobre mi cabeza, como la caricia de una madre protegiendo a su hijo. Me he visualizado en el campo, en el bosque (ése en donde rentan cabañas), en las montañas o incluso en el desierto;  pasando mi tiempo a solas en reflexión en compañía de los animales que viven por allí. En esos lugares es donde verdaderamente uno se puede conocer como ser humano. Allí están todas las cosas que Dios nos preparó con su enorme amor para que nosotros las experimentáramos, para que rompiéramos nuestros límites y perdiéramos el miedo a vivir nuestra vida como nos plazca. Es en aquella parte del mundo (que cada vez es menor), en la cuál la civilización no ha puesto su corruptor cimiento,es donde el pasto es verdaderamente más verde. ¿O a poco habrá algún loco entre todos los millones de ciudadanos del mundo que no se ha sentido atraído por la aventura? ¡Claro que no! El hombre fue hecho para recorrer el mundo; para admirar la belleza que duerme latente entre las faldas de nuestra madre naturaleza; para sentirse vivo haciendo lo que debe hacer: viajar. Y es que la Naturaleza está siempre en constante movimiento, del mismo modo deberíamos estar nosotros: viajando de un lugar a otro, de un lago a un bosque y de éste a una pradera, andando sin mirar atrás, y sin más compañía que la de un perro que encontremos en nuestro camino, quien como el mejor amigo del hombre, compartirá gustoso con nosotros los conejos que con su hocico atrape.

La tercera razón (que también es la más importante) es la de que el hombre es completamente libre. Estar encerrados en una ciudad nos impide desarrollarnos plenamente, del mismo modo en el que una pecera impide a los peces que en ella habitan, crecer más de lo que el contenedor puede soportar. El hombre nace libre, y ha nacido libre desde que apareció en la faz de la tierra; sin embargo, en el último siglo le ha dado por limitar sus anhelos llevando una vida horriblemente sedentaria y vulgarmente cotidiana. El hombre tiende a viajar porque es en ésta acción donde, no solo se encuentra a sí mismo al superar sus límites y miedos, sino que además, se reencuentra con la libertad que día a día vamos cediendo voluntariamente ante las esclavizantes leyes de la ciudad. Son ellas las que nos impiden hacer lo que nuestra voluntad y sentido común nos dictan. ¿O es que habrá otro loco que crea que el hombre no es libre, y que además de eso no tiene el suficiente sentido común como para tener que depender de leyes y normas sociales que siempre están llenas de hipocresía y necedades? ¡Pues claro que no! Los viajes son naturales: cuando el agua se estanca por mucho tiempo se empatana, del mismo modo sucede con el hombre que hecha raíces tan profundas en su zona de confort, que se le olvida cómo crecer hacia arriba sin detenerse hasta tocar el cielo. Es por eso que todos deseamos viajar, es por eso que en cuanto conseguimos cobrar esas vacaciones que nuestros trabajos nos retienen, lo primero en lo que pensamos es en largarnos (a Acapulco) o a cualquier lugar donde podamos ser partícipes de la majestuosidad de la obra de Dios, y convivir con nuestros amigos los animales, reencontrándonos así con nuestros instintos más primigenios y por lo tanto más propios del ser humano.

Tanto la libertad, como la aventura y la belleza se encuentran en el camino, en el viaje que pocos se atreven a hacer porque están tremendamente malacostumbrados a la comodidad de la ciudad. En el camino, uno puede encontrarse con otros hombres a mitad de la noche, que están haciendo el mismo recorrido; se puede sentir hambre y cansancio, además de la incertidumbre que viene con un cielo nublado que impida orientarnos como lo hacían nuestros ancestros. "Para encontrarse a uno mismo, basta con desubicarse en el mundo" dice un antiguo proverbio chino que leí la otra vez. En fin, creo que viajar es lo mejor que cualquier ser humano puede hacer, por lo tanto propongo que todos los seres humanos en el mundo deberíamos hacerlo todo el tiempo, y cohabitar en comunión con el amor que nos brindan nuestra madre naturaleza, y nuestros hermanos animales, en vez de la hipocresía que reina corroyendo el alma de los que se quedan a trabajar en las ciudades.